Vosotros diréis lo que queráis, pero qué será
de nosotros sin Esperanza. 9 años después de su llegada a la
Presidencia de la Comunidad de Madrid y casi 30 años después de que arrancase
en el mundo de la política, Esperanza
Aguirre ha anunciado hoy que dimitía. Adiós a los grandes
titulares. Descarada, atrevida, aparentemente frívola, con creces Aguirre se ha
ganado el papel de Dama de Hierro de la política española. La suya ha sido una
trayectoria de éxitos, propia de un animal político capaz de conseguir más de
un millón y medio de votos (51,74%) en las últimas elecciones autonómicas en
Madrid; de ser la primera mujer en presidir una comunidad autónoma o el senado. Muchas apuestas se han quedado en el tintero.
Aguirre se retira
a su casa, sin explicar sus causas, aunque permitidme que ignore y quite
importancia a cuestiones que desconozco y cuya magnitud obvio porque ninguna de
ellas evitaría el despertar de pasiones que su nombre origina. Aguirre, se ha
ganado que le llamen Espe, con o sin cariño. Transformándose,
convirtiendo sus éxitos, sus meteduras
de pata, en una simpática caricatura de su persona, cuya papel de chica
mala, rebelde con causa, le hacen digna de la sitcom americana más
animada. Más con la respetuosa o irrespetuosa sensibilidad del que
convierte en su bandera el titular del descuido o el decir cuanto
piensa. "Teatro,
puro teatro". Supongo que éste es uno de los encantos o méritos
por los que Espe lleva más de 20 años en primera línea política.
Leo
en Twitter "Esto
va a ser como El Señor de los anillos sin Sauron", dice Mario Roman,
@slapneck, con el hashtag #aguirredimite.
Cuánta razón. Nada hubiera sido igual sin Sauron, ni sin Gollum. La metáfora me
viene como anillo al dedo.
Buceo en la desesperanza que Aguirre siempre
me ha despertado escuchando la canción de Antonio Machín. Detrás de ella, de su
persona, hay un sinfín de anécdotas y titulares que dibujan la diferencia entre
la heroína y el villano, justo en el punto en el que lo demagógico cobra
sentido. Espe me parece una criatura entrañable, el personaje ideal que
cualquier escritor quisiera crear, a
medio camino entre la ficción, entre la política. El mérito es suyo.












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